En el lenguaje corriente de la espiritualidad cristiana raramente nos encontraremos con alusiones expresas- y positivas- al gozo, la alegría, el gusto por vivir y disfrutar la vida plenamente como el don mínimo del Dios de Jesús de Nazareth.
Las siguientes reflexiones que pretendemos hacer están basadas en las realizadas por el teólogo español José María Castillo (Puebla de Don Fadrique, Granada 1929) en su obra Espiritualidad para Insatisfechos. (Trotta 2007) por la cual fue duramente criticado por la Congregación para la Doctrina de la Fe que pohibió la publicación de dicha obra en la editorial de los jesuitas Sal Terrae.
José María Castillo teólogo de largo andar docente en la Facultad de Teología de Granada (hasta que en 1988 fue sancionado por Roma con la retirada de la venia docendi para poder dar clases en dicha facultad) y actual director del Centro Mediterráneo de la Universidad de Granada, ha publicado títulos como El Futuro de la Vida Religiosa. De los orígenes a la crisis actual (Trotta 2004), Víctimas del Pecado (Trotta 2005), Iglesia y Sociedad en España junto con Juan José Tamayo (Trotta 2005), Dios y Nuestra Felicidad (Desclée 2001), La Ética de Cristo (Desclée 2005), El Reino de Dios. Por la vida y la dignidad de los seres humanos (Desclée 2000), El Discernimiento cristiano ( Trotta 2008) y la obra de reciente aparición en España La Iglesia y los Derechos Humanos.
Espiritualidad para Insatisfechos puede abordarse como la bitácora espiritual de un creyente cristiano comprometido con el proyecto del reino de Dios quien descubriera la belleza del mundo y de la vida como ámbitos de libertad, gozo y alegría y, que anuncia entre las líneas de esta obra, la migración que José María Castillo haría de la Compañía de Jesús, en palabras de su amigo el teólogo Luis Alemán “ Castillo quiere recuperar su libertad para poder respirar, porque se asfixiaba. No tanto en la Compañía cuanto en el clima actual de la Iglesia española, en la que se siente perseguido por los obispos y los grupos más conservadores.”
I.- Los Peligros de la Espiritualidad
Resulta casi obvio. que hablar de espiritualidad es referirse a la vida del Espíritu, la vida humana que se introduce en dicho ámbito y se deja guíar por el Espíritu, en concreto, en nuestro caso, por el Espíritu de Cristo. Sin embargo, el fenómeno de la espiritualidad cristiana está plagado de ambiguedades y peligros que han deshumanizado el concepto y la experiencia que de Dios tienen los cristianos.
Desde la clase de catequesis, de la escuela dominical, cursillos de capacitación de líderes de iglesia o agentes de pastoral, se nos ha dicho que vivir en el espíritu es renunciar a las tendencias de la carne, apartándonos de las tenaciones de esta era presente y mirar a las cosas de arriba, todo esto producido por la separación que hizo la teología antigua- los Padres de la Iglesia- de lo divino y lo humano, el cuerpo y el espíritu, lo trascendente y lo inmanente.
Entonces llegó San Anselmo de Canterbury- Siglo XI-con su teoría de la satisfacción expiatoria que en pocas palabras nos plantea la exitencia de un Dios encolerizado, furibundo por la maldad y el pacado de los hombres; que para apagar su encono, aplacar su ira exige la muerte y el sacrificio de su Hijo Único, el único ser capaz de satisfacer la sangrienta exigencia.
De ahí se sacaron esperpénticas consecuencias para la vida espiritual de los cristianos: Lo divino y lo humano, lo espiritual y lo corporal ya no estaban separados, sino que ahora, se encontraban contrapuestos, antagónicos, incompatibles debido a la ” naturaleza” pecadora del ser humano.
Todos sabemos, así nos lo han enseñado, que semejante fardo se lo debemos a la caída de Adán provocada por las “malas artes” de su consorte Eva cuya consecuencia fue la pérdida la pureza y dones divinos que engalardonaban en un principio, la “naturaleza pura” del primer hombre, tras la caída, la historia es harto conocida por los teólogos supralapsarianos.
Las primeras conunidades cristianas entendieron que la espiritualidad cristiana radica principalmente en el seguimiento de Jesús y el proyecto que él predicó: el reino de Dios. La naturaleza del reino de Dios es utópico por la radicalidad con que se nos presenta la igualdad, la justicia y el respeto por la dignidad de los seres humanos cono voluntad última de Dios Padre de Jesús. Esto nos comunica con el siguiente aspecto del problema a resolver en el concepto y comprensión de la espiritualidad cristiana.
II.- El Centro de la Espiritualidad Cristiana. Cuando se habla de espiritualidad en ciertos ámbitos culturales y sociales, el tema levanta ampula, escosor en las mentes y conciencias que ven en la religión como sinónimo de evasión de la vida, represión de los instintos básicos de la vida humana y resignación ante los problemas lacetantes de la sociedad actual, como la corrupción política y la economía deshumanizada. Por otra parte, están aquellos que siente que la religión-su religión- la guía moral de la institución eclesiástica son imprecindibles para el recto vivir de las sociedades.
Sin embargo, como ya se ha dicho antes, el discurso religioso y espiritual tradicionalmente aceptado tiende a confrontar, disociar a Dios y la vida humana con todos su dinamismo, sus limitaciones, diversidad y anhelos más profundos, entre ellos; la necesidad de respeto, diginidad en la existencia y búsqueda incensante del gozo y la alegría.
Por el contrario, el centro de la espiritualidad, el centro de la experiencia del Dios de Jesús radica en la búsqueda de la alegría para los otros, en la lucha por abolir el dolor y la ignominia que degradan al ser humano, es decir, en términos evangélicos, sanar a los enfermos, liberar a los endemoniados, dar la vista a los ciegos, liberar a los cautivos y oprimidos como el año agradable del Señor.
Jesús dejó siempre muy claro que el Dios que él predicaba y al cual le llamaba cariñosamente Abba, es un Dios cuya prioridad es la vida del ser humano, nunca la religión con sus preceptos, normas e instituciones que la perpetúan. La pregunta más radical que Jesús dirigió a los sacerdotes fue: ¿qué es lícito hacer en sábado, salvar la vida o quitarla? Jesús no quiso menospreciar las instituciones religiosas que estructuraban la sociedad judia, sino colocarlas en su lugar, esto es, al servicio de la vida humana.
En pocas palabras el centro de la espiritualidad cristiana radica en la vida, la defensa de la vida, de la diginidad de la vida y hasta en el goce y disfrute de la vida para todos, no sólo para unos cuantos. Es desde este centro donde se pueden enfocar, entender y practicar de manera más evangélica las diversas facetas de la espiritualidad cristiana como son: el dominio de sí para el servicio a los otros, la virtud en el sentido de compromiso ético sólido, sensibilidad mística en el sentido de seguimiento y encuentro con Jesús mediador del reino de Dios.
III- El Dios de la Alegría y la Alegría de los Cristianos.
No podremos hablar seriamente de la alegría de los cristianos hasta replantearnos la experiencia y el concepto de Dios que hemos heredado. Como ya lo hemos dicho antes, llevamos a cuestas la marca de Caín: marcados por la desobedencia de Adán, en lo que algunos calvinistas leyeron como el origen de la deprevación total del hombre; a esto le añadimos la doctrina anselmiana de la satisfacción que convierte a la pasión y muerte histórica de Jesús de Nazareth como el sine qua non de la salvación del hombre, de esto a la divinización de la muerte y el sufrimiento como leiv motiv de la vida cristiana sólo hizo falta un paso, que el místico medieval Tomás de Kempis en su obra La Imitación de Cristo llevo hasta sus últimas consecuencias:
” Si hubiera algo mejor y más útil, para el hombre que sufrir Jesucristo nos lo hubiera enseñado con sus palabras y su ejemplo… cuando llegues a encontrar el sufrimiento dulce y amarlo por Jesucristo, entonces considérate dichoso porque has encontrado el paraíso en la tierra”. Imitación de Cristo, II, 12.
La teología está totalmente inhabiltada para lidiar con el tema de la felicidad y el gozo en la existencia humana. Cuando se ha intentado reflexionar sobre la dignidad humana, la centralidad del cuerpo, los sueños y lo erótico como elementos dignos de la experiencia de lo divno, se ha hecho a las fronteras de la fe, en los línderos de la poesía, como es el caso del otrora teólogo presbiteriano de la liberación, Rubem Alves (esto se puede constatar en la maravillosa obra del teólogo protestante Leopoldo Cervantes-Ortiz. Serie de Sueños. La Teopoética Lúdico-erótica de Rubem Alves.
Parafraseando al teólogo español José María Castillo; nuestra formación religiosa ha sido la deformación de la experiencia y el concepto del Dios de Jesucristo por cuanto en ella, la alegría como elemento dinamizador de la vida humana, no tiene cabida.
Al final del próilogo del evangelio según San Juan se puede leer: “Nadie jamás ha visto a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre” (Jn 1:18), es decir, Dios en su radical alteridad, es “totalmente otro” (Karl Barth) resultaría inconmensurable para el ser humano si no lo hubiese dado a conocer Jesucristo, el unigènito de Dios.
Y Jesús reveló un rostro de Dios redicalmente nuevo; un Dios que es padre pero radicalmente humano. En la vida y obra de Jesús de Nazareth vislumbramos la humanidad de Dios. Jesús asume y presenta el reino de Dios como proyecto de vida, alegría y gozo em la vida de cada persona y del ser humano en general.
Por ello Jesús se desmarcó rápidamente al inicio de su ministerio de la religiosidad oficial de los fariseos, y de la vía ascética representada por Juan el Bautista. Incluso podemos leer que Jesús nos dice: ” La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan, desde entonces se anuncia el reino de Dios”. (Luc. 16:16) Un reino que trae gozo, alegría y paz concretamente a los más desdichados, a los excluidos, a los pobres.
Un gran banquete de bodas en donde todo el mundo se goza y ríe con la presencia del Novio, el ágape donde todas las personas tienen cabida y en él se sirve el mejor vino de todos; de esa manera explica Jesús la naturaleza del reino que él anuncia y encarna. Consecuentemente el rostro y el talante de un Dios humano, profundamente solidario con lo humano.
La espiritualidad de la alegría significó para Jesús- y debe significar lo mismo para nosotros hoy- el vaciamiento y la entrega de Dios, de uno mismo en pro de la felicidad del otro. la defensa de la dignidad y respeto de los derechos humanos, parafraseando a San Agustín, nosotros decimos: se feliz y haz lo que quieras.
IV.- Felicidad y Alegría en la Vida Cristiana.
En el discurso de la teologóa tradicional tanto como en el de la espiritualidad encontramos fácilmente alusiones al dolor, al sacrificio, el sufrimiento, el pecado y la muerte. Hallar referencias positivas, alentadoras a palabras como la felicidad, la alegría, el gozo y el disfrute de las cosas buenas que este mundo- creado por Dios,! qué buena y hermosa, se dijo para sí el creador era su obra terminada- tiene que ofrecernos, resulta imposible. La teología no sabe como refeirr el gozo y el placer en la existencia humana, al contrario, los considera como peligrosos para la vida ” espiritual ” del creyente.
Las razones para este pesimismo teológico ya las hemos referido en el apartado anterior: 1) la oposición entre lo divino y lo humano, 2) la separación radical entre lo natural y lo sobrenatural, y, sobre todo,3) sacralizar el dolor y el sufrimiento como vehículos privilegiados para acercarse a Dios. ¿Acaso el gozo y la alegría, la dignidad del cuerpo humano como vehículos indispensables en la vida cotidiana para experimentar lo sagrado son incompatibles con la religión y el discurso teológico?
En los relatos evangélicos Jesús aparece anunciando la irrupción del reino de Dios como una realidad que produce gozo y alegría desbordantes. Para Jesús el tiempo del ayuno, la tristeza han terminado. Baste recordar el duro jucio que recibieran Jesús y sus discípulos por no ayunar, ni lavasrse las manos antes de comer, acudir constantemente a fiestas y banquetes junto a publicanos, pecadores y mujeres de mala fama.
El anuncio de la llegada del reino de Dios es para Jesús motivo y razón de gozo, alegría, fiesta puesto que lo compara con un banquete de bodas, con el novio presente, al cual todos tienes acceso: pobres, niños, los marginados que nadie quiere. La descripción más densa de esto lo enuncia Jesús en las dos redacciones de las bienaventuranzas; en el discurso de la Montaña de Mateo y el discurso de la Llanura de Lucas.
Los pobres, los que lloran, los que sufren, los que pasan hambre apareen en estos discursos como bienaventurados, es decir, felices, dichosos, en palabras de José María Castillo:
” En el vocabulario del Nuevo Testamento, el término Makários, que expresa felicidad, dicha, bienaventuranza, aparece hasta 50 veces. Se trata de un término usado en la literatura griega, desde Píndaro, para expresar el estado de embriagadora dicha de que gozan los dioses, así como también los humanos que disfrutan de extraordinaria felicidad.” (p. 61)
La felicidad de la que habla Jesús en las bienaventuranzas se realiza y experimenta en el presente, aquí y ahora. Lo paradójico del asunto radica precisamente en el status de los destinatarios, es decir, ¿cómo pueden ser los pobres, los hambrientos, los que lloran, los más dichosos en el reino de Dios, pues esto contradice la experiencia que tenemos de aquellas realidades?
La teología ha intendo encontrar el sentido a semejantes afirmaciones adoptando dos interpretaciones principalmente:
” La solución ha sido interpretar este texto en sentido -ético- las bienaventuranzas como un catálogo de virtudes;o también, entre otros casos, explicar estas bienaenturanzas en sentido -espiritual- las bienaventuranzas como virtudes religiosas, que serían la humildad, la renuncia al mundo y al pecado” (p. 62)
Pareciera que las autoridades eclesiásticas y doctrinales no saben como manejar y articular el lenguaje de la alegría dentro de la arquitectura de la existencia cristiana; consejeros y guías espirituales no conocen otra forma de vivir la vida cristiana en profundidad sino renunciando a todo aquello que nos hace más felices y alegremente humanos, inclusive violentando nuestra libertad esencial para pensar, discernir y vivir nuestra vida.
Violencia, dolor, renuncia, sumisión son los principios sobre los que se sustenta una religión que usa y abusa del poder que le es intrínseco como mediadora con lo absoluto, lo último, para garantizar, la mayoría de las veces, la primacía, el prestigio y la influencia de sus líderes e instituciones sobre sus adeptos.
Se da así una dinámica malsana. Se necesita de un Dios todopoderoso, autoritario, violento para poder sustentar la existencia de una religión y sus instituciones com pretensiones dominantes, autoritarias, fundamentalistas. El rostro de un Dios asi no es el rostro del Dios del evangelio ni el rostro del Dios de Jesús. El futuro de la religión cristiana radica, en palabras de José María Castillo, la felicidad y la bienaventuranza que su mensaje pueda contagiar a todos, principalmente a los que más sufren y son olvidados.
Tres posibles soluciones nos plantea María Castillo para que la religión cristiana supere y deje atrás la sórdida atracción por el dolor, el castigo, la sumisión como componentes de la espiritualidad y vida cristiana:
” 1) Abandonar para siempre el Dios violento y amenazante del Antiguo Testamento. Y poner, en su lugar, el Dios que se nos reveló en el hombre Jesús de Nazareth. 2) Abandonar para siempre la ética del deber y las obligaciones. Y poner en su lugar, la ética de la necesidad o, más exactamente, la ética de las necesidades fundamentales y básicas que tiene la gente. 3) Abandonar para siempre la espiritualidad del dolor y el sacrificio. Y poner, en su lugar, la espiritualidad de la felicidad, es decir, la espiritualidad que se plantea como proyecto de vida hacer felices a las personas que están a nuestro alcance “. (p. 73)
Dichas propuestas nos pueden parecer radicales, sobre todo las dos primeras, sin embargo, es necesario pensarlo muy bien, si es que de verdad queremos un cristianismo y una espiritualidad que nos hagan más humanos y sobre todo, mucho más felices en este mundo.
V.- La fe Cristiana en una Teología de Frontera.
Vivimos en un mundo en constante devenir. nuestras sociedades y nuestra cultura están sufriendo cambios profundos, en particular a lo que se refiere a la manera en que ve, entiende y vive la vida en el mundo el hombre moderno; ante tal vorágine contrasta el discurso de las instituciones religiosas oficiales que nos presentan una fe, una moral, una espiritualidad anquilosadas, pétreas, desvinculadas totalmente del latido y el talante en que se mueve el hombre de hoy.
Sin duda, en palabras de José María Castillo, estamos ante el problema hermenéutico. Es decir, el acto de comprensión e interpretación que lleva a cabo el ser humano sobre su propio ser y la naturaleza de todo lo que le rodea; la hermanéutica ha realizado el arduo pasaje de abordar al texto como objeto hasta mirar al ser como texto.
La teología ha sido trastocada por el cambio de rumbo que ha sufrido la hermenéutica en cuanto que la teología poco a poco ha virado su mirada de la apologética hacia la constante tarea de interpretar sus contenidos, ser ella misma herramienta interpretativa de la fe. Por supuesto, lo anterior no es aceptado en los ámbitos conservadores y fundamantalistas de la teología y las iglesias.
Estando así las cosas, los contenidos esenciales de la fe cristiana como el símbolo de los apóstoles, el credo niceno, los credos y confesiones de las distintas iglesias protestantes, las encíclicas papales y los documentos del magisterio eclesiástico en el caso de la Iglesia Católica vienen a ser objetos de museo, reliquias de otra época, de otro tiempo, incomprensibles para el hombre de hoy, en tanto dichos contenidos no sean intepretados de manera que revelen su mensaje para el tiempo presente.
La experiencia religiosa desplazada del ámbito de lo sagrado
La experiencia religiosa está siendo desplazada de los ámbitos que le era propios: las iglesias, los actos litúrgicos, todo aquello que pudiera contener lo sagrado, asimismo ha cambiado la intelección que la gente tiene de lo trascendente. Lo sagrado ya no requiere el trascendimiento de la persona humana, sino que nos habla de su profundidad y dignidad, en palabras de José María Castillo:
” Ese otro puede seguir suscitando la forma más clara de trascendimiento que es el don de sí, pero lo suscita desde la llamada a la propia responsabilidad, no desde la imposición exterior de una tradición o de una autoridad.” (p..83)
La avalancha de nuevos conocimientos que continuamente nos proporciona la ciencia, el Internet, ha minado el principio de autoridad que abrogaba para sí la Iglesia Católica. El ser humano está interpretando su mundo cultural como su universo interior de una forma nueva que influye la manera novedosa que tiene el hombre de relacionarse con el mundo y con sus semejantes.
Para muchas personas inmersas en la cultura y el mundo actuales, su religión ya no es la del Dios único sino del ser humano y su trascendencia; el ser humano divinizado. Los impulsos religiosos de solidaridad, caridad, compromiso con los demás ahora son canalizados por las personas a través de instituciones de beneficiencia, ONGs, militancia en algún partido político afin a sus intereses.
La Iglesia Católica intepreta todo esto como crisis de valores, secularización salvaje, laicismo radical y, no quiere- quizá no puede- revisar la religiosidad que predica, la espiritualidad que propaga, ajena al Evangelio, sublimando con ella el dolor, el sufrimiento, el rechazo de toda la belleza y la dignidad de la creación y de la persona humana.
José María Castillo propone revitalizar tres grandes aportes teológicos que ha brindado la teología del Siglo XX para así retomar el centro de la fe cristiana: el proyecto de defensa de la dignidad y los derechos humanos y descubrir que el corazón de la fe cristiana no es la religión sino la felicidad del ser humano.
A) Creemos con firmeza y fidelidad en la encarnación de Dios en Jesús de Nazareth, que no fue sólo ni principalmente la divinización del hombre Jesús sino la humannización del Dios, lo cual lógicamente, implica creer con firmeza y fidelidad en todo lo humano, en todo lo profundamente humano.
B) En la humanidad de Jesús de Nazareth se fundieron y confundieron lo humano y lo divino en su vida cotidiana. De la misma forma Dios ha creado nuestra humanidad siempre abierta a lo trascendente, a lo divino. Es decir, toda persona en cualquier actividad que emprenda, en cada hora de su vida cotidiana puede, – y de hecho lo hace- comulgar con lo sagrado. La vida humana es el ámbito de lo divino.
C) El centro de la fe cristiana no está en la religión sino en la felicidad de los seres humanos. El ser humano es inevitablemente un ser limitado y, a la vez, un ser muy deteriorado, efímera es nuestra existencia en este mundo, a esta limitación y a ese deterioro la religión le ha llamado pecado original o deprevación total del hombre. Nosotros le podríamos llamar simplemente deshumanización que es inherente a la humanidad.
Si el hombre se deshumaniza toda su actividad y capacidad creativa se deteriora, se pervierte, incluyendo, por supuesto, la religión con la cual se han sacralizado los actos más ruines que el ser humano comete contra sí mismo. Por ende, el proyecto central de la fe cristiana debe ser la lucha contra la deshumanización del hombre, así la espiritualidad cristiana nos puede llevar a ser cada día más profundamente humanos, dicho de otra manera, profundamente más creyentes.